El pasado 25 de mayo, el día de las elecciones europeas, me tocó ser presidente de una mesa electoral en Castro Urdiales. Observando el orden y la cantidad de las papeletas en la cabina electoral hubo algo que me llamó “poderosamente” la atención: la papeleta electoral de Podemos, una papeleta electoral que destacaba sobre todas las demás, las treinta ocho papeletas del resto de partidos y coaliciones, y que a mí me parece que es un caso inédito en elecciones: el logo de Podemos, es decir, su elemento identificador no es ni un símbolo, ni un anagrama, el logo de Podemos es la cara de Pablo Iglesias.

Sorprende que la Junta Electoral Central autorice la inclusión de imágenes de rostros, donde debieran ir logos o siglas, tal como predica la ley electoral, pero más sorprendente y preocupante es que un movimiento social como Podemos utilice como símbolo identificador la figura Pablo Iglesias como si del Gran Timonel se tratara. A nadie se le escapa que desde el punto de vista de la mercadotecnia electoral es una inteligente táctica, dirigida a inclinar el voto hacia Podemos entre aquellos electores indecisos. Aunque la mayoría de los votantes traen su papeleta desde casa, muchos de los votantes de partidos minoritarios se deciden en la soledad de la cabina, el elector frente a 39 papeletas, un mar de siglas y de confusión, en el que destaca la imagen del televisivo líder de Podemos.
Las elecciones son un ejercicio de democracia relativa. Para que sean un verdadero acto de democracia debiera haber igualdad de armas, y esto está muy alejado de la realidad. Son los partidos mayoritarios los que disponen de mayor peso y de mayor tiempo en los medios, y son los únicos capaces de llegar con su propaganda a todos los electores. En mi casa se recibieron las papeletas acompañadas de la propaganda de los partidos PP, PSOE, IU y UPD. A estos cuatro partidos pudientes se suman los de los partidos nacionalistas en las comunidades autónomas en las que son mayoritarios o muy representativos. Es muy difícil enfrentarse a esta situación desde posiciones minoritarias, sin peso en los medios, sin dinero, y con una concurrencia en la que se mezclan treinta y tantas opciones electorales. Así no se puede.
En estas circunstancias la decisión (de los dirigentes) de representar a Podemos con la imagen Pablo Iglesias es comprensible, si bien muchos de los militantes de los círculos de Podemos no han encajado una postura que recuerda demasiado a uno de los vicios de los partidos de la izquierda, el culto a la personalidad. El dilema se resolvió en esta ocasión (por los dirigentes) en favor de la rentabilidad electoral. Pero más allá de tácticas electorales, lo que me interesa es reflexionar sobre si este hecho no es acaso la forma de ser que define a Podemos, que le acerca más a los partidos de la vieja política que al movimiento social que lo respalda.
Cuando ya han pasado tres semanas de las elecciones europeas se ha escrito hasta la saciedad sobre el fenómeno Podemos; no insistiré en ello. También se han vertido ataques furibundos. Lo cierto es que la presencia electoral de Podemos aún no es demasiado significativa como para hacer tambalear los cimientos de la estructura política española, pero lo que acojona a los partidos y a los grupos de presión es la tendencia de Podemos, su capacidad para ocupar un espacio decisivo en el reparto de poder en un futuro próximo. Lo que a mí me interesa es si tras este éxito electoral va a ser posible fortalecer una alternativa que nos lleve a otra forma de hacer la política en la que el protagonismo sea de los ciudadanos, algo que parece estar en el espíritu del nuevo partido. Hasta el momento sabemos que detrás de este fenómeno electoral hay un movimiento de mucha gente que quiere cambiar las cosas, que se organiza en círculos y que trabaja en las redes sociales de forma muy eficaz… y que se apoya en un líder con gran presencia en los medios que se defiende muy bien en el engarre de los debates televisivos. Estas dos variables se han fundido de tal manera que difícilmente podría entenderse el éxito de Podemos con la ausencia de alguna de ellas. Si Podemos se hubiera presentado a las elecciones sin la relevancia mediática de Pablo Iglesias, el resultado no habría ido mucho más allá de los obtenidos por Equo, o los animalistas, quien sabe.
Esquizofrenia gráfica y doble personalidad.
Pero volvamos al uso de la imagen de Pablo Iglesias. Desde mi punto de vista, las tácticas, los métodos, forman parte inexcusable del discurso de los partidos, algo sobre lo que se ha teorizado abundantemente, y cuando Podemos nos coloca la imagen de su líder en la papeleta de voto nos está enviando un mensaje que, guste o no, tiene que ver con el carácter personalista que debe atribuirse a esta formación. Entiéndase que no es lo mismo utilizar como reclamo la imagen del nº1 de una candidatura como hacen muchos partidos cuando diseñan su cartelería, que utilizar su imagen como emblema del partido que debe aparecer en la papeleta de voto, pues en este caso lo hacemos con intención de perdurabilidad. La paradoja es que Podemos mantiene ahora dos símbolos, dos identidades gráficas; una es la que aparece en el Ministerio del Interior en el Registro de Partidos, y otra es la que se difunde en sus actos, y en las redes sociales ¿cuál de ella es la verdadera?

Las dos. Las dos imágenes de Podemos son las que han decidido sus promotores y participantes, la de Pablo y Iglesias y las de los círculos. Y mucho me temo que esta esquizofrenia gráfica responde a la doble personalidad que rige Podemos, la del partido que se guía de acuerdo con criterios de eficacia electoral, y la de los círculos que exigen la máxima transparencia y democracia real. La del centralismo de los dirigentes frente a la participación de sus bases.
En estas primeras semanas tras su éxito electoral, Podemos se organiza para intentar hacer realidad aquello que reza en su página de facebook: “en democracia decide la gente”. La movilización que se ha producido en torno a Podemos es una auténtico aluvión de participación y de ilusión con una apuesta muy decidida para cambiar las formas de hacer política. Aunque mis preferencias van por el camino de la ecología política (que para mí se representan en Equo y en cierta medida en CastroVerde) no dejo de admirar este fenomenal movimiento y mi deseo es que se convierta en una alternativa real. En este itinerario Podemos tendrá que resolver más de un dilema, y depende de cómo, pero sobre todo, de quien los resuelva, podremos hablar en el futuro de una nueva forma de hacer la política.
J. B. (13 de junio de 2014)
Adenda escrita el 20 de julio de 2014:
Iñigo Errejón, responsable electoral de la campaña de Podemos escribe un artículo en «Le Monde Diplomatique (en español)», nº 225 de julio de 2014, en el que se explica la estrategia electoral de Podemos que refuerza mi hipótesis sobre el dilema de Podemos, más aún en cuanto tal dilema ha sido prefectamente previsto y calculado por los estrategas de Podemos. Es recomendable la lectura del artículo de Errejón en su totalidad, si bien reproduzco el siguiente párrafo en el que el autor reflexiona sobre el liderazgo y el uso de la imagen de Pablo Iglesias:
«Se desafió también el tabú del liderazgo, supuestamente reñido con la democracia según las concepciones liberales y de algunas izquierdas. En la iniciativa «Podemos», el uso del liderazgo mediático de Pablo Iglesias fue una condición sine quo non y un precipitador de un proceso de ilusión y agregación popular, en un contexto de desarticulación del campo popular.»
«La decisión, inédita en España, de poner su cara en la papeleta para utilizar el signo comunicativo más conocido, fue tan criticada por el purismo como decisiva en unos comicios en los que gran parte de los electores decidieron su voto el último día. Este uso estratégico del liderazgo no ha sido obstáculo, ni siquiera un complemento, sino componente principal de la operación política. Se ignoró por último, el propio tabú sobre los nombres. La campaña de Podemos asumió que, en política, los significantes viven luchas en su interior por cargarse de uno u otro sentido, y que su elección depende del conjunto de posiciones que se agrupan tras ellos. Esta visión constructivista del discurso político permitio interpelaciones transversales a una mayoría social descontenta, que fueron más allá del eje izquierda-derecha (…) para proponer la dicotomía «democracia/oligarquía», o «ciudadanía/casta», o incluso «nuevo/viejo», una frontera distinta que aspira a aislar a las elites y a generar una nueva identificación nueva frente a ellas.»
Todo el artículo en: http://www.monde-diplomatique.es/?url=articulo/0000856412872168186811102294251000/?articulo=8c640f81-5ccc-4723-911e-71e45da1deca
J.B.